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Si te puede pasar que te identifiques con lo que lees o simplemente te guste y también te puede parecer basura... pero así somos los humanos, no podemos escapar a lo que nos toca.

lunes, 28 de febrero de 2011

El Vació de un Árbol

La soledad es peligrosa: cuando estamos solos mucho tiempo, poblamos nuestro espíritu de fantasmas
Guy de Maupassant
EL VACÍO DE UN ÁRBOL
En una mañana de noviembre de hace ya mucho tiempo, Cristofer tomo una decisión  importante que cambiaría su vida… luego de buscar el amor en muchas personas y no encontrarlo, decidió irse al parque para seguir en su búsqueda, sin embargo el intento fue fallido y mientras observaba los arboles del parque quiso transformarse en árbol……… y decía para si mismo: “se que ahora lo encontré, porque tengo todo el tiempo  para mi, ya no necesito mas a nadie. Este navegante llamado corazón busca motivos para razonar y vivir, aquí o allá, inmóvil lo deja el silencio del amor, ya que solo deja un frecuente abandono”. Cristofer  se quedo plantado allí mirando la tierra en la que nacían las flores nuevas. En su cuerpo no había nada más que una gruesa y dura capa  de tronco, ni siquiera el rastro de una hoja, solo unas interrogantes expuestas a falsas respuestas que al oírse de voces solo deja el eco de la falta de sentimientos.
Un día pasó por allí una mujer muy hermosa quien le había robado al cielo el brillo de dos estrellas, fue así como se estremecieron sus raíces, alargo sus ramas hacia ella y sintió que había encontrado lo que tanto había anhelado. Un enorme desconcierto se apodero de el, pues mientras ella se alejaba, el seguía allí postrado, sin poder desprenderse. El árbol  comprendió que el egoísmo que lo había llevado al parque había desaparecido y  solo quedaba el vacío de su corazón, ese sentimiento que lo consumía es el que siente un hombre sin una mujer. Luego de reflexionar esto, volteo su mirada hacia el norte y vio que venia una tormenta que desgarro todo a su paso... no paso mucho tiempo cuando la lluvia lo empapaba y lo ahogaba, ¡¡ de pronto!! ¡¡ Despertó!!... Y se dio cuenta de que se había quedado dormido en el parque en frente de una fuente que le mojaba las manos y que todo había sido parte de su imaginación.   Pero entendió que a veces nos preocupamos por cosas que  nos llevan a un rotundo egoísmo y que nos crean una enorme soledad.!! ¡¡ Despertó!!... Y se dio cuenta de que se había quedado dormido en el parque en frente de una fuente que le mojaba las manos y que todo había sido parte de su imaginación.   Pero entendió que a veces nos preocupamos por cosas que  nos llevan a un rotundo egoísmo y que nos crean una enorme soledad.

miércoles, 26 de enero de 2011

Los montañistas son los seres del retorno

 El sol, el viento y las tormentas los han ido curtiendo y volviendo su piel hacia el interior. Rudos por fuera, son sensitivos por dentro. Como las flores de las montañas que ellos tanto aman: delicadas y salvajes en su pequeña belleza. No, no buscan la muerte como algunos fingen creer. Nadie como ellos para amar la vida. Son los grandes amadores porque son los grandes despreciadores. Aman la patria en la que han nacido (siempre se nace en un sitio que no se ha escogido) y, sobre todo, la que han elegido: la montaña. Entonces para ellos todas las montañas son bellas; más que un accidente físico, una denominación geográfica, las montañas son el reino de la luz, el camino a los nuevos amaneceres.

Si el Hombre es un nómada, nadie mejor que ellos encarna este imperativo. Hoy están aquí, mañana lucharán por aquella cumbre. Luego serán otras y otras en los horizontes. Como los nómadas, llevan pocas cosas a cuestas y mucha riqueza interior. Dondequiera que vayan, la montaña, su patria interior, irá con ellos. la montaña es su modo de mirar la vida. Su comunión con los grandes espacios abiertos ha afinado en ellos sentidos ocultos: ellos comprenden la verdad del viento, auscultan la palpitación de las rocas, dialogan con los elementos y cohabitan con los vértigos. Ellos saben del misterio de las nieblas y conocen los escondites de las águilas, sus ojos han mirado de cerca el esplendor del cielo cuando en las noches las estrellas han velado la víspera de una escalada largo tiempo soñada y a conciencia preparada. Su alma ha conocido la paz profundaque se establece después de los largos combates y les niega satisfacción en alegrías ya superadas.

Tanta inmensidad acumulada en sus ojos, tanto silencio apelmazado en los oídos, tanta complicidad con las fuentes secretas de la vida, han ido depositando en su ser riquezas invisibles. La amistad es su fuerte y en ella son expertos. Yo los he visto ejercer el noble rito de los amigos. Todo puede ser simple: atacar la pared con la doble fortaleza que da la cuerda que los une y luego abrazarse en la cumbre. Un rito simple en el que se encuentran dos mundos, en el que se reconocen dos exiliados que han hallado por fin el camino de regreso.

Y qué hermosos son los retornos! Los montañistas son los seres del retorno: viven en camino, parten al amanecer, siempre al encuentro del sol y saben reconocerse en cada vuelta del sendero, en cada flor, en cada insecto, en cada cosa. Cada cumbre en el horizonte es su destino. Han preferido el riesgo a la inmovilidad; el frío, el viento, la sed, el cansancio, a la seguridad de los seres establecidos. Ellos podrían lícitamente sentir compasión, pero no lo hacen; aún no han encontrado tiempo para ello y su oficio no es mirar a los demás sino avanzar hacia sí mismos.

También yo quisiera ser como ellos: grandes en su pequeñez y pequeños en su grandeza. Yo quisiera levantar mi tienda en el glaciar o sobre una terraza de rocas al lado de la suya. Yo quisiera, como ellos, alumbrar nuevos amaneceres.

Andrés Hurtado García, Madrid 1976